El origen tectónico de los eventos sísmicos registrados el 24 de junio de 2026, con magnitudes de 7.1 y 7.5, se explica por la compleja interacción entre la Placa del Caribe y la Placa de América del Sur. Esta frontera tectónica está dominada por un régimen de cizallamiento dextral a lo largo del sistema de fallas Boconó-San Sebastián-El Pilar, donde el desplazamiento relativo entre ambas placas genera una acumulación progresiva de esfuerzos elásticos durante los periodos intersísmicos.
La ruptura ocurrida en el municipio Veroes, ubicado en el estado Yaracuy, no constituye un evento aislado, sino la liberación súbita de la energía acumulada, que fracturó la corteza terrestre a lo largo de la traza de la Falla de San Sebastián. Este mecanismo de falla de rumbo permitió acomodar la deformación transpresiva regional, generando una importante dislocación cortical, reflejada en la magnitud de los sismos registrados.
La intensa actividad sísmica afectó a diversos estados del país, entre ellos Yaracuy, Miranda y el Distrito Capital, lo que evidencia la actividad sísmica de esta región, donde la interacción entre las placas favorece rupturas superficiales capaces de modificar la topografía local en cuestión de segundos y dejar una huella geológica claramente identificable en el terreno.
La validación de este proceso geológico se obtuvo mediante la técnica de interferometría de radar de apertura sintética (InSAR), la cual permite medir con alta precisión la deformación cosísmica de la superficie terrestre.
El interferograma muestra un desplazamiento en la línea de visión (LOS) que oscila entre -0,06 m y 1,33 m, lo que evidencia la magnitud del reacomodo de los bloques corticales después de la ruptura.
La discontinuidad cromática observada sobre la traza de la Falla de San Sebastián constituye una clara evidencia geofísica de un movimiento tectónico de gran escala.
